domingo, 12 de agosto de 2007

Reflexiones acerca de una vieja amistad literaria
por Miroslav Scheuba

"Ahora vemos en un espejo, en enigma.
Entonces veremos cara a cara.
Ahora conozco de un modo parcial,
pero entonces conoceré como soy conocido."
De la primera epístola San Pablo a los Corintios.

Es fama que Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges se admiraban recíprocamente. Macedonio había sido amigo de Borges padre y el joven escritor estaba deslumbrado con sus observaciones metafísicas. Por esa época el joven Jorge Luis Borges se entretenía leyendo con fruición "Los miserables", la novela deVíctor Hugo, Macedonio le reprochaba que le dedicara tanto tiempo a ese autor francés -que casualmente había nacido en España porque su padre era el embajador francés en Madrid- diciéndole "Salí de acá con ese gallego que habla y habla y no se da cuenta de que el lector hace rato que se ha ido". Está comprobado que el primero le debe su fama al segundo; uno existió para que existiera el otro. Los pocos textos del mayor y los muchos del menor, ya no podrán perderse; ahora el menor es el mayor. Las palabras de éste y las ideas de aquel, se parecen; viven en nuestra buena literatura.

Después de años de leer a Borges y a Macedonio, he ido ordenando algunas palabras y frases de los dos para que ellos retomen un diálogo en imperfectos endecasílabos. Tal vez, ese diálogo nunca se interrumpió, sólo que se habrá hecho más íntimo, o casi secreto, desde que Macedonio encontró cama en esa pensión que otros llaman Cementerio de la Recoleta y que Borges fuera escondido -bajo la amarilla excusa de alejarlo de la prensa- en un silencioso jardín de Ginebra.











Macedonio pregunta

Tendido boca arriba bajo el cielo,
inmóvil y sumido en plena calma,
he logrado el reposo de mi alma
sin traje de madera y sin el velo.
Amigo, ya se sabe que estoy quieto,
olvidado del mundo y de su suerte,
medio muerto te hablo de la muerte
esa virgen que esconde su secreto.
Luz de luna en reflejo encandilado,
un rostro del espejo me ha mirado
y me ha visto en los ojos mis temores.
En la vigilia, se sueña y se delira.
¿Vuelve el alma al campo que suspira
si son nuevos los viejos resplandores?

Borges responde

Ya sé quien soy, amigo caminante.
Mi bastón le pregunta al recinto
¿ya no estuve en este laberinto
donde Virgilio conversa con Dante?
En mis libros traduje la fortuna
del río, del jazmín que aroma el verso,
del tigre, oro cruel del universo,
de la noche, los astros y la luna.
En el ciego camello del destino
fui al muere. No tuve más camino
que el Ródano, un jardín y el incierto
verbo volver que ya no se conjuga
con aquel símbolo de la tortuga
y con Aquiles, otro que no ha muerto.

Miroslav Scheuba.
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de María Judith Molinari, amiga de Borges y de su señora madre:
LEONOR ACEVEDO DE BORGES

Cuántas veces hablamos en la plaza
bienhechora de verdes y de sombra.
El espléndido árbol que te nombra
hoy me ha traído, aquí, frente a tu casa.
Me hace bien visitarte. No es escasa
esa ley de la tarde que aún asombra.
Altas voces bajaron. Una alfombra
con pétalos azules se desplaza.
Sosegado este banco me recuerda
aquel tiempo pasado que concuerda
con las cintas celestes de tu gloria.
Así te sigo viendo en mi poesía.
Tus lúcidas mañanas, tu alegría
me ayudan a nombrarte en esta historia.

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